Si creo que todo puede cambiar...

Pretérito imperfecto.

Primero tenemos que pedir perdón nosotros, muchachos: no estábamos. Debemos lamentar que no pudimos estar. Éramos proyectos en la cabeza de otros que habían sacado entradas para el segundo partido en Mar del Plata o para ver un rato a Polonia en el Monumental. Y entonces no pudimos expresar nuestro asco, ni abuchear al genocida, ni confundir al deporte con la política, ni llenar tribunas como borregos, ni llorar la perdida de un hermano, ni tener miedo como correspondía, ni tildar a uno de subversivo, ni cagar a piñas a un milico, ni festejar en el Obelisco. 
Por eso, igualmente, no podemos entender. No podemos. No podemos. No podemos entender. Porque no estábamos. No podemos entender que no sabían. ¿Cómo no sabían? ¿Qué no sabían? ¿Dónde quedaba la experiencia? ¿Dónde se pararon para gritar los goles? ¿Qué pasaba en las calles? ¿Quién aclamaba a Videla? ¿Cuál era su guerra de entonces? ¿A dónde iban todos ustedes cuando pateaba Brehme y se cortaba la luz? 
No podemos. No podemos perdonar ni hacernos los imbéciles ni dejar el recuerdo del Mundial en manos de una generación cómplice (o generación víctima: de las laceraciones físicas, de las opresiones psicológicas, de su propia ignorancia) que en gran parte calló en aquel tiempo para hablar ahora. 
Y lamento, muchachos, nuevamente, tener que  pedirles disculpas. Porque probablemente yo también habría actuado como un cobarde. Pero hoy, desde lejos, a través de la Plaza, después de los pañuelos blancos, después de un Passarella transformado y en la B con River, después de la censura, después de Walsh, después de todos los Falcon verdes, después de Malvinas, después de Alfonsín, muerto el dictador, “que se vayan todos” de por medio, no puedo entenderlo. 
Y lamento, muchachos, decirles a todos lo único que puede decirles cualquier joven sin temor de mirarlos a la cara y hacerles un reclamo. Sin importar la gloria, sin importar la copa levantada o el lujo de ese equipo. Y no es a los jugadores que completaron el Mundial. No es solo a los hinchas, o a los dirigentes. No es a los revendedores de entradas, ni a los que sin querer aplaudieron el terror. Es a todos, muchachos. A todos. A los argentinos bien nacidos del “algo habrán hecho”. A los que hoy sufren en el pecho haber pasado ese tejido nefasto. Lamento decirles, muchachos, que me tienen que perdonar, pero nos deben una disculpa. 

No hay comentarios: