Si creo que todo puede cambiar...

 Ponerse en Perra.

Todo en la vida es cuestión de mantener el equilibrio. Esta frase (diez palabritas que, dichas así, hasta parecen bobas), resulta ser muy difícil de internalizar, de hacer propia.
Algo así como que te den la dirección de un lugar pero no te digan cómo llegar y sin tener la Filcar a mano. Es decir: como que te dejen más o menos en bolas y te digan: "fijate, la ropa está por allá (eso sí, no sabemos si hay de tu talle)".
¿Qué es "mantener el equilibrio"? Sí, sí, ya me dirán ustedes (o no, tal vez me lo digo a mí misma): "Bueno, ayudar pero no dejar que te zapateen en la cabeza", "tener en claro con quién estamos enojados, para no agarrárnosla con el otro al divino botón", "ir por la vida teniendo claros los objetivos, pero también sabiendo cuándo es momento de frenar un poco", 

Sí, sí. ¿Y me podés decir cómo?

Supongo que es un camino minado de pozos y, por lo tanto, lleno de metidas de pata. Si cada vez que nos equivocamos sólo estuviéramos implicados nosotros, y bueno, qué se le va a hacer. El buey solo bien se lame (las heridas). Pero la cosa se pone más problemática cuando el tropezón llena a quienes nos acompañan, también, de moretones.
Gran parte de ese equilibrio depende de los límites que establezcamos respecto de los demás, del respeto por el propio espacio y por nuestras decisiones.
Una joda, porque, al menos yo, nunca sé si cuando pongo un límite estoy, simplemente, diciendo "hasta acá, y no me pidas más que esto" o si simplemente me estoy "poniendo en perra".
Ser buena, poner la otra mejilla, tratar de ganarme el cielo fueron las excusas que usé durante años para no poner límites con algunas personas, para dejar que invadieran mi espacio.
Pero hoy, después de años de batallar, no puedo evitar, casi cada vez que le pongo un freno a alguien (por suerte hay excepciones, situaciones en las que ya tengo clarísimo que no quiero que me jodan y puedo expresárselo al otro con seguridad), pensar "se me fue la mano".
Por supuesto, cuando es otra persona la que sufre algún abuso, no tengo ningún problema en identificarlo y decirle "tenés que decir no". Pero cuando me pasa a mí, siento que estoy ladrando y gruñendo.
Maldita subjetividad, cómo rompe las pelotas a veces.

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